martes, 4 de agosto de 2009


LA HUÍDA


Se duchó rápido, el agua semifría la hizo tiritar. Se secó con fuerza cosa de sacarse el frío. Eligió la ropa detenidamente. La pollera negra y la tricota rosa con el chaleco negro, bien. Zapatos bajos, cómodos para andar ágil. Volvió al baño, se miró en el espejo, estaba demacrada, decidió pintarse. Un poco de base y rubor le dieron mejor aspecto, algo como de salud. No se preocupó por el peinado, el cabello ondulado la ayudaba. Siempre la había ayudado. Fin del atuendo ah la cartera ¿pondría los documentos? Y era mejor. Echó una ojeada al living y acarició el lomo de Alguien anda por ahí. Cortázar la enganchaba invariablemente, la deslumbraba y su deleite al leerlo era como una mezcla de alegría y estupor. Abrió la página de La noche de Mantequilla y siguió el recorrido de los renglones por quinta o cuarta vez y nuevamente desde la página amarillenta Peralta la asustó y otra vez se le apareció la cara y la figura de Monzón y otra vez y como cuántas veces se ubicó en la platea entre el público con Delon el hermoso facho seductor para ver la pelea Monzón - Mantequilla. ¡Cómo la hechizaba Cortázar! Abandonó el libro con desgano. Ese cuento tan argentino.
El ímpetu que hasta ese momento la impulsaba decreció lluvia convertida en garúa mansa. Recordó que había tomado la decisión de irse sin despedidas, palabras, ni una esquela. Tampoco la ropa imprescindible. Sólo la cartera por rutina. Todo lo que quería era huir. Abrió, cerró la puerta y salió. El calor la invadió con caricia materna y echó a andar. ¿Dónde iba? Lejos. Lo más lejos posible. No volverían a verla. Estaba decidido. Las noches de silencio la habían aconsejado también acariciándola. Pensar que su tormento podía terminar, era un abrazo tibio de madre protectora. Caminó hasta que las piernas le dolieron y se encontró en Retiro. Micros llegaban micros salían. Caras asustadas del descubrimiento caras sonrientes de vacaciones, mochilas, bolsos, valijas, mates soltando olor a yerba. Corridas, empujones, bullicio. Mareada ya, buscó y encontró el único asiento que parecía escondido llamándola con disimulo entre dos señoras bien gordas. Y se ubicó jamón entre dos rebanadas de pan. Un sandwiche perfecto, achicados sus hombros y caderas para quedarse en contemplación absurda, chupetín de utilería. ¿A la playa o a la sierras ? Estaba en eso y se desocupó el asiento de la derecha y pudo relajarse un poco. Aprovechó la silla vacía, apoyó la cartera y siguió en obsevación de nada. Se decidió por Córdoba y manoteó la cartera.. No estaba. La mujer de la izquierda le largó una mirada acuosa, no la sostuvo, parpadeó y buscó en el suelo. No estaba. Nerviosa, alambre retorcido en su flaqueza se paró ¿a quién iba a preguntarle por la cartera? Nadie miraba a nadie. Hasta que por la izquierda una voz gangosa gorgoteando en un piletón sin fondo acompañó a un roce libidinoso.
- Vamos para afuera. Caminaron entre el gentío, el inmenso mundo de Retiro, salieron del aire acondicionado al calor que la envolvió nuevamente. Otro empujón chiquito y – suba. Subió al Peugeot.
- ¿Puedo preguntar?
- No.
- ¿Qué pasa? insistió
- ¿Vos tenés ganas de hablar?
- Quiero saber.
- ¿Cumpliste con lo que se te ordenó?
- ¿Qué orden?
- Vos sos Antonia, Antonia Estévez ¿no?
- .No. Me llamo Dora. Dora Singer.
- No mientas, y le apretó el brazo. Le dolió. El coche ya había salido de Retiro y creyó que andaban por la Panamericana.
- ¿Así que sos Dora?
Ella era Dora Singer sin duda alguna. - Sí.
- Bueno Dora, sos Dora Singer dijiste, no sos Antonia Estévez. Tenés la pollera negra, el pulóver rosa, el chaleco negro y la cartera es la que te mandó Carlos y decís que no te llamás Antonia y vos tenés la cartera de Carlitos.
- ¿ Qué Carlos qué Carlitos?
- ¿Cuál va a ser,? Peralta.
- ¿Peralta? ¿qué tengo que ver con Peralta?
- Basta. Hablá cuando yo te diga. En la cartera ¿estaba la plata?
Es un asalto, pensó rápido. Se animó - ¿qué plata?
- La de Cháves para que se la pasaras a Walter.
- Yo no lo conozco a Walter a usted y no quedé con nadie.
- Si no sos Antonia y no conocés a Cháves ni a Walter ni a mí ¿ por qué tenías la cartera con la cara de Delon, el franchute?
Se le mezcló la vida. Peralta, Cháves, Estévez, Monzón, Delon.
- Pará el coche, Monzón. El coche paró a un costado de la Panamericana.
- Bueno, Antonia. Salió mal la cosa. Bajate. Ahora nos viste la cara. Caminá 30 pasos sin darte vuelta. ¡ Suerte ! Caminó
30 pasos… 40...45… hasta el disparo.

miércoles, 22 de julio de 2009

De la jerarquía católica golpista

Aquí en El Salvador, a los católicos que siguen las enseñanzas del Arzobispo Mártir, Monseñor Óscar Arnulfo Romero, y otros sectores democráticos de avanzada, seguramente les causó vergüenza e indignación, las declaraciones anticristianas de la iglesia católica hondureña, leída por el purpurado Oscar Rodríguez Maradiaga, así como el torpe apoyo del Obispo de la Diócesis de San Salvador, Monseñor Luis Escobar Alas.

Y es que mientras el Cardenal Rodríguez Maradiaga, apoyó el golpe militar contra el Presidente Constitucional de Honduras, Manuel Zelaya, el Obispo Alas respaldó la posición golpista de su superior.

La sorpresa fue mayor, por cuanto, a escala latinoamericana, el cardenal hondureño había logrado alguna simpatía y admiración, por posturas muy consecuentes, en temáticas de interés popular.

No obstante, en esta coyuntura golpista en Honduras, el cardenal catracho develó donde están sus verdaderos intereses, donde están su dioses: el poder económico y las fuerzas armadas.

En la declaración de la Iglesia hondureña, que fue leída el sábado, el cardenal Rodríguez Maradiaga no sólo atacó al presidente Manuel Zelaya, sino también a la OEA y a los gobiernos que han condenado el golpe.

El Cardenal Rodríguez Maradiaga ignoró el repudio mundial a los golpistas y su gobierno de facto, y con ello, se puso en contra del pueblo, contra los pobres, con los que supuestamente debe estar identificada la Iglesia Católica.

La opción preferencial por los pobres, por cierto, no es nuevo, no es exclusivo de la teología de la liberación, es sencillamente, la naturaleza del cristianismo.

Pero, cuando un jerarca de la iglesia católica, justifica a los golpista, prácticamente bendice a los que reprimen al pueblo, a los que disparan contra el pueblo.

La defensa de la jerarquía católica hondureña a los golpistas, hacen sospechar que también ellos estuvieron tras el golpe, lo cual por supuesto, si lo vemos a la luz de la historia, no sería nada nuevo.

Y es que los jerarcas de la iglesia católica, en Honduras, Centro América, en Latinoamérica, siempre estuvieron con las fuerzas represivas del pueblo, y en la actual coyuntura no es la excepción.

Por supuesto, que una cosa es la jerarquía católica, y otra sus sacerdotes. Sabemos que muchos curas están acompañando a su pueblo, esos sacerdotes son los que limpian los desatinos de sus superiores, son los que inyectan la esperanza a las feligresías, sobre todo, en los momentos de mayor angustia, como la que viven en estos momentos los hondureños, nuestros hermanos y hermanas.

http://www.diariocolatino.com/es/20090708/editorial/68924/
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viernes, 10 de julio de 2009

¿DARTE MI AMOR?

- ¿Darte mi amor?
- Dámelo…
- Está sucio…
- Dámelo sucio…
- Vamos a suponer…
- Suponé…
- También quiero preguntar…
- Preguntá…
- Supongamos que llamo…
- Abriré…
- Pongamos que te llamo…
- Iré…
- ¿Y si allí hay dolor?...
- Sé del dolor…
- ¿Y si te engaño?...
- Perdonaré…
- ¡Cauta! te ordenaré…
- Cantaré…
- Cierra la puerta del amigo…
- La cerraré…
- -Te diré ¡Muere!
- ¡Moriré!
- ¿ Y si me ahogo?
- Te salvaré…
- ¡Y si hay sufrimiento?
- Lo soportaré…
- ¿Y si de pronto hay un muro?
- Lo saltaré…
- ¿Y un nudo?
- Lo cortaré…
- ¿Y si son cien ?
- Los cien…
- ¿Mi amor te daré?
- Tu amor.
¡No puede ser!
- ¿Por qué?
- PORQUE NO AMO ESCLAVOS

Robert Bozhdestnensky

martes, 7 de julio de 2009

ZAVALETA

Es un cielo sin sol sin lunas. Las estrellas no existen. La luz hace tiempo desapareció.
Es un páramo repleto de escombros.
Es un llano ocupado, un oasis sin verde ni agua.
Es la ausencia llena. Ausencia de bienes. Presencia de oscuro. Negro. Pardo.
Las voces claras. No piden. Sugieren. Cuentan. Narran conciso la vida que pasa pasando.
Poco como el alimento. Más como el paco.
Menos las comodidades. Más el frío que se cuela por los huecos del alma..
No es momento de preguntas. Ni por qué ni qué.
Es momento de ver pensar querer amar comprender tender la mano.
Es momento de volver a ser humano.

martes, 30 de junio de 2009

UN PASEO AL MUSEO DE BELLAS ARTES

¡Cuánto le gustaba Nicolás! Este chico tenía todo. Era lindo, con la lindura que a las chicas gustaba. Alto, atlético, espaldas anchas, rubio de ojos azules, los dientes caracoleando en la eterna sonrisa, siempre de jeans impecables. ¡Cómo no iba a gustarle a ella! Si todas se morían por él.
En los recreos se juntaban y cuchicheaban espiándolo de soslayo y con risitas cómplices.
Ella no se juntaba con el grupo admirador. Se mantenía apartada, no fuera cosa que se notara su mirada, aunque desesperaba por hacerlo. Él era el más lindo de los varones. Nicolás tenía ganada la primacía en el grupo, sin hablar.
Marina se veía tan nada, con su pelo castaño que no lograba peinar, los ojos marrones que no pintaba, porque seguro le iba a quedar mal y la ropa vulgar y modesta que usaba. Ni le pasaba por la cabeza que alguna vez reparara en ella.
Cuando la profesora de Plástica propuso una visita al Museo de Bellas Artes, se anotó.
Al subir al micro, lo que hizo última, ya estaban todos en plena algarabía. Y no fue la última como creyó y su estilo lo marcaba, notó que el bullicio se debía a que detrás de ella ascendió Nicolás. Él pisó el primer escalón y las chicas y los varones ya le ofrecían el asiento de al lado. Empujones, movimientos y Nicolás impertérrito parado en el centro del pasillo. Marina se acomodó en el primero, individual.
Ya en el hall del museo sintió que un mundo nuevo aparecía ante sus ojos. En la primera sala, la colección Di Tella ( tomaba apuntes apresurada), había objetos religiosos. Pasaron a otra de estatuas de bronce, en la tercera una pintura al óleo le gustó mucho y anotó rápido su nombre, “El rapto de las Sabinas” y puso una cruz para preguntarle a la profesora a qué se refería con eso del rapto. Recorrieron la sala cuarta y quedó extasiada con un retrato de una señora Elizabeth con un lindo collar, muy hermosa y notó la diferencia con lo fea que era otra, Lisbeth, nombre que desconocía.
El guía, comunicativo, agradable, hablaba, explicaba. La atrapó y se colocó pegadita a su derecha y Nicolás se puso a la izquierda. En sus ojos no cabían las obras de arte que veía. Superaba lo pensado, lo imaginado.
Pudieron visitar hasta la sala VI, toda de arte barroco y quedó esperanzada en que volvieran porque no quedaba más tiempo para la recorrida.
¡Eran 24 salas y habían visto 6!
No cabía en sí de la emoción.
En contraste, la indiferencia y la conducta de casi todo el grupo puso mal a la profesora de Plástica y se le notó en la cara.
Marina, ya de vuelta, con las imágenes en ella que quedaron fijas viajó enfrascada en su habitual silencio.
Al bajar en la puerta de la escuela, una mano tocó su hombro al mismo tiempo alguien le decía - Marina, en casa mamá tiene un taller de pintura y obras completas en su pinacoteca ¿ no querés venir una tarde?, así charlamos un poco.
La N de Nicolás hizo piruetas en su cabecita de adolescente.

jueves, 11 de junio de 2009

LÁPIZ Y PAPEL

Se recostó contra la ventanilla del tren. Creyó en un principio que escucharía el chucu chucu de aquella única vez que había viajado por ferrocarril a Molina, en Santa Fe.
Entonces tenía 18 años y en su cabeza bailaban miles de sueños.
Ida y vuelta agradable y con ganas de verlo.
Ahora, diferente. Más grande, en un silencio agradable, acompasado como un son cubano y silencio lleno de matices que oía mientras desfilaba el paisaje. Verde empalidecido, naranja como naranjo en madurez, violetas, celestes y amarillos que se besaban en su paleta junto a sus pinceles.
No podía ni quería quitar la vista del arte que pasaba a su lado, pero se distrajo. Mínima burbuja en el espacio, allí estaban.
¡Tan lindos los dos! ¡Mellizos? Sí. Iguales. Cinco años apenas. Jugaban con sus manitas, dedo con dedo y devenía un gesto, una mirada, una carcajada.
Precisaba lápiz y papel para plasmar a esos niños, la burbuja y el sonido del silencio y la bulla de las risas.
En el bolso encontró lo que necesitaba. Rápido su mano bosquejó los rulos, el óvalo de las caritas y los labios gordezuelos. Pasó de inmediato a los brazos pequeñitos y las manos regordetas, afiebrada, sin una tacha, con temor de que se fueran.
La belleza la había conmovido a tal extremo que no notó que quedó sola en el coche.
No se equivocó.
Se incorporó en la cama de su solitaria habitaciónen la que dormía a media luz por las noches.
Con languidez miró sus manos que hacía años no dibujaban porque la parálisis no se lo permitía.

sábado, 23 de mayo de 2009

El Inca vive

Lo atendió como lo hacía con todos. Con la mirada a los ojos del otro, fuerte, blanda, comprensiva a la vez. Estaba acostumbrada a la tez morena, al olor de la leña o el carbón que salía de las ropas inimaginablemente limpias y planchadas, a su trato amable y el de los que venían a la consulta. Siempre primaba el buen gesto, porque ella siempre se adelantaba con una sonrisa.
Ya lo había detectado un día, sentado en un pilar, mirándose las manos, las zapatillas que pedían otras y con esa tristeza en los ojos brillantes que dan la pobreza y el hambre.
Poco fue lo que pude saber del encuentro, por ética, pero sí que quería estudiar. Supongo que contaría alrededor de 18 años, indocumentado y vivía no en el barrio, ni en la villa. Él estaba detrás, en la quema, sobre las ratas, donde las casillas no tienen número.
¿Cuánto podía esa mujer joven, con el beneficio de haber estudiado, hablarle de Freud, Lacan, del psicoanálisis, que sé que emplea como las condiciones lo requieren.

Me quedé en el prólogo que me refirió de la consulta, porque con ella y su conducta no hay acceso, justamente por principios. Mas en mi propia versión, imaginé su desolación. La de ella por no responder con las soluciones necesarias y la de él o los demás que los desespera por llegar a algún lugar, mientras la vida pasa al lado de ellos, con, “negro de mierda”,” ¿ por qué no trabajan”? ¿a qué vienen? ¿por qué no se quedaron en su provincia, en su país?
Y entonces como suelo recordar a menudo, pensé en mis abuelos catalanes ricos, que vinieron porque no acordaban con la política española y en los otros, italianos, que igual que ellos desembarcaron en tiempos de guerra, sabían de comer cucarachas o nada.
¡Cómo cambió la mirada hacia los inmigrantes de otras épocas con respecto de los de ahora! ¡Cuánta exigencia! ¡Cuánta indiferencia! ¡Qué discrimación incomprensible!


Tomé las palabras del escritor y sociólogo Mario Margulis “…si yo me permito ver al otro ( y el medio social lo hace posible), si cultivo una manera de relacionarme con el mundo que me permite ver al otro y reconocer al otro en su variedad, en su diversidad, en su diferencia conmigo, con mi medio, con mis costumbres, con mis pensamientos y estoy abierto a reconocerlo ( no lo menosprecio, no lo simplifico, no lo reduzco ) y lo acepto como diferente pero con iguales derechos; no lo reconozco benévolamente, condescendientemmente sino que lo reconozco como un semejante con igual dignidad que la mía, y aspiro a una sociedad donde esas diferencias se puedan desarrollar y legitimar, en ese caso contribuyo a generar las posibilidades para un propio desarrollo”.

Retorné al joven y no me animé a preguntar por él, ya que la consulta es confidencial e imaginé los ojos profundos, lustrosos, el hablar, los modales delicados y reverentes venidos del Inca y tuve vergüenza.