domingo, 19 de diciembre de 2010

SANTI CHIQUITO




El agua mojaba el césped de tal forma que terminó en un lodazal.
Todos los dìas a la hora del entrenamiento Santiago miraba el charco sin límites en que se convertìa la cancha y hacía lo posible por no resbalar, no caer. Le iba en ello la vida. Con un poco de suerte serìa el próximo candidato del técnico para hacer su entradita en primera.
Rogaba que parara el agua o que no lo convocara ese día


Santiago, San chiquito, como lo llamaba el abuelo desde siempre, desde que a los dos años le puso la camiseta de Boca, desde que lo llevaba al campito a patear...Entrà...así, así, meté la pelota. El abuelo Pepe, en los huecos de su vida se ocupaba y soñaba con ese chico.
Como casi todos los pibes a los cinco, a la pregunta ¿ qué vas a hacer cuando seas grande?, doctor, decía y rápido, en un soplo agregaba o jugador de primera como el Diego.
Y seguía yendo al campito con el abuelo hasta que recaló en el club del barrio, semillero de estrellas... de la mano del abuelo.
Ascendìa de categorìa con la mirada del abu en la nuca, tal la mirada de exigencia como el oyente del gallinero del Colón, en velada de ópera, allì donde se marcan con rigor maestro, fielmente las notas y los silencios..
Ahora era octubre, como casi todos los malditos octubres, maldecìa, llovía, bajo la mirada compasiva de la abuela Delia que ojeaba desde el cuadro de la pared del comedor. La abu no estaba pero él sentía en su oreja el aliento tibio de ella que le susurraba... dale Santi chiquito, yo sé que vas a jugar en primera. Pero la abuela Delia estaba muerta. Él confiaba que desde algún agujerito entre las nubes, ¿ no era que los que se mueren iban al cielo?, le daba un empujoncito.
Cuando el técnico armó el equipo para la siguiente fecha, siempre con lluvia, lo llamó aparte.

- Santiago, ésta es la tuya, el domingo te pongo un rato, entrás los últimos 10. Ya sabés pibe que esta camiseta no se la pone cualquiera.
Al muchacho le recorrió por el cuerpo un tumulto loco...el abuelo Pepe con sus ojos de abisinio no lo perdería de vista, el calor de la abu con su dale San chiquito, su viejo con aparente indiferencia aunque rebullera por dentro y seguro que la vieja no soltaría la medallita de la cadena que llevaba al cuello, todos estarían con él.

Llegó el domingo. Con cuidado, se puso la camiseta como si fuera de tul o gasa, el pantaloncito le acarició los muslos de piedra, las medias cantaron una canción de cuna al deslizarse por sus caños como en el palo enjabonado, los botines lustrosos al charol. Se paró como cuando en 7º le dieron la medalla al mejor compañero, escolta de bandera, con el corazón al galope peleando con el rubor y las lágrimas. En la foto estaba. Serio, tacurú en el camino.
Desde el banco siguió el partido. Cinco tiros de esquina a favor, dos tiros libres que se perdieron por ahí y dos atajadas del arquero que resultaba imbatible. Ni un gol. Por la derecha no podìan entrar, mucha marca, por la izquierda llegaban y nada.

Faltaban 10 minutos. El técnico lo palmeó. – Entrá Santiago, armá a la izquierda.
Dos flexiones, besó el pasto y entró a correr. Se desmarcaba, avanzaba locomotora controlada, se metió por la izquierda, metió el centro, se la volvió el turco, la paró con el pecho, levantó la vista y en un giro espacial con todo el efecto del mundo, pateó y la clavó en el ángulo del segundo palo.
La tribuna vibró.
Santiago no supo cómo un sablazo de fuego le dio en la rodilla. Cayó como en oración.
Santi chiquito no pudo jugar más al futbol.

domingo, 5 de septiembre de 2010

EL BOTÓN

Escrito por: juan-disante el 21 Ago 2009 - URL Permanente.

Ocurrió como les cuento.
Un verano abrasador.
Vivían puerta por puerta, en la retirada torre frente al río, en el puerto de Olivos, y disfrutaban de la localidad de Vicente López como un dormitorio íntimo, pero sin secretos. El hábito de recorrer los tranquilos barrios y plazas de Florida o La Lucila los conmovía a ambos. Estaban convencidos que todo ese paisaje, que para muchos era de rutina, ellos debían llevarlo a flor de piel, apenas rozarlo. No comprometerse en profundidad con la vida urbana. La certitud de vivir en una ciudad dormitorio estaba asumida totalmente y no deseaban otra cosa que ese hábitat verde los contuviera y acariciara como la vida erótica que ofrece la alcoba de los amantes.
En esa época, después de atravesado sus divorcios, disfrutaban del arterial placer de estar solos, sin ya pensar en un pasado allanado por cierta propensión.
Así.
Se habían propuesto relacionarse de manera que el amor no los volviera locos, ni estar a merced de apéndices. Lo posible de la tentativa era no fundirse en “una sola persona”, en un solo sentimiento.
Eso. Seguir siendo dos.
El ensayo era amarse entrañablemente. Intentar mantener el equilibrio de sostener la feliz pegadura de estar juntos y alternar esa unidad con la libertad de la propia autonomía.
Él la recibía en su casa como un huésped muy amado y de igual modo ella. Pero sus viviendas expresaban el toque personal de sus impares identidades. Allí nunca se ponía el sol dorado de la suelta emancipación.
En los días de calor preferían andar sin prendas por la casa, como si estuvieran solos. Cuando salían de paseo, se esperaban mutuamente, sin apuros. Y al cruzarse con algún pensamiento enredado, sus ojos transparentes pedían hablar de la cuestión.
Con sinceridad todo era comunicado.
Tal cual.
Cierto sábado, ella deseó recorrer las inmediaciones de la Torre Ader en Carapachay. Vieja leyenda.
Leyó.
-- “Es un lugar encantado en el que se producen extraños juegos de luces al caer el sol. Cualquier pareja de amantes que la rodeara varias veces, lograría un eterno compromiso amoroso. No podría quebrarse por siglos”.
El reparo de una larga pausa la sostuvo.
-- ¿Vamos, amor?
-- ¿Te parece? Algo me dice que no debemos ir. No me gusta demasiado ese lugar. Pero, bueno… si quieres ir…vamos. Antes voy a bañarme.
Comenzó a desvestirse y, de repente, saltó un botón de su camisa. El botón cayó al parquet del piso y comenzó a rodar sin juicio en dirección a la ventana soleada de cara al Río de la Plata. Espontáneamente, los dos, gateando por el suelo, siguieron su recorrido. En una de esas, el botón inició un juego de escapadas, girando y huyendo de sus seguidores. Dio vueltas y vueltas hasta finalmente ser atrapado y depositado en el borde de una repisa.
Arrodillados en el suelo, se miraron.
Un penetrante rayo de sol llegaba de la totalidad y atravesaba la blancura del botón.
Así fue.
El entró a la ducha y ella, extendida, observaba su figura enjabonada en la bañera. Ese momento se hizo eterno al intentar desentrañar su vacilación. Giro su cabeza para mirar el cristalino botón, reflexionó un interminable momento. Volvió a mirar a su amante, envuelto en una espuma tan sustanciosa que activó sus deseos. Sentía que esos momentos se derramaban, que el tiempo se congelaría si no adoptaba una decisión.
Volvió a clavar sus ojos en el botón.
De prisa buscó el costurero y enhebrando una aguja, comenzó a coser el botón en la camisa de él, sabiendo que de ese modo, estaba forzando el destino de ambos. Debía apurarse para tapar su duda antes que terminase su ducha.
Era empujada a un temerario salto por el instintivo mandato del amor.
Si.
Desde la ventana, la tarde se mostraba expectante. Llegaban acordes. Desde lo lejos, Piazzola. Más allá, Malher.
El brillo parecía coincidir con la ternura. Y la pasión, una vez más, volvía a confundirse con la sed.
Cuando él salió del baño, paralizó su mirada con estupor, entre hechizado y confundido. Su corazón irrumpió con latidos quejosos y su mirada se entristeció.
-- ¿No lo he cosido bien? Preguntó ella con afección.
Él se inclinó, le acarició las manos, y dijo acongojado:
-- ¡Ay! Tesoro mío, no debiste hacerlo… no debiste hacerlo… ¿por qué lo has hecho? ¡Ay dios mío! Con cada una de esas puntadas has cocido mi piel a tu piel. ¿Por qué? Son pinchazos que duelen. ¿Por qué? Si aprecias nuestro amor, no deberías intentar el juego de esposa. Tu solicitud femenina me aterroriza. Destruye todo.
-- No puedo entender…
-- Hoy se trata del botón, mañana de zurcir los agujeros de mi carácter, pasado de mis decisiones privativas. Y finalmente querrás coser mi persona y mi alma. Si empiezas a ocuparte de mi indumentaria, te ocuparás más tarde de mi libertad… y la perderé… sin motivo… sin razón… sin…
-- Eres un ángel--, dijo ella, dejando deslizar una lágrima.
Pero ya era tarde.
Las luces arrebatantes, perturbadoras del verano porteño… caían.
Fue como les cuento… tal cual.
Pudieron ver que, a partir de aquel día, el paisaje iniciaba una transformación de color. Las casas parecían derrumbadas. Los bares y plazas habían perdido su alegría. No existía un solo lugar donde la libertad tuviera su rincón hospitalario. Ya no habría puentes hacia el Paraíso.
Pudieron sentir que la paz se transformó en monotonía y el madrugador zorzal no cantó nunca más en aquel alerce ocre. Desde las alcantarillas se elevaban densas columnas de vapor que convertían en bruma la irrupción del otoño inmoderado y fatal.
Pudieron comprender que la dicha perfecta, nuevamente, semejaba un fugaz resplandor en las grises aguas del río.
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Juan Disante
Buenos Aires / Otoño
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domingo, 29 de agosto de 2010

APUREMOS

Llévame a Atacama que corre el tiempo
y hagamos un ronda de memorias,
33 mineros nos esperan
desde los ciegos 5 siglos

del socavón trabajo,
vetas, metales, desvelos,
venas traspiradas de impotencia,
pieles minerales de la suerte humana,
empeinoso vellón de la conquista,

verdetriste malaquita de la eterna
recuerdan su cena de maíz
cada larga noche
aprisionados a 7o0 metros
con gravedad de oro,
700 metros pesadumbre cobre.
Hoy lunes, como cada lunes,
33 están vivos
resistiendo las entrañas hambrientas
del progreso
y nos piden a sus hijos
que hagamos una ronda
para ofrendar en el hoyo comida,
cigarritos y chicha
a la Pacha enojada.
Redoblemos que están vivos.
No dejemos piedra por mover.
¡Apuremos que corre el tiempo!

http://juandisante.blogspot.com

sábado, 3 de julio de 2010

CREER SABER Y NO SABER NADA 00:00 hs., viernes 2 de julio de 2010
A una página donde escriben los que saben, los mejores:
GAMBETEANDO PALABRAS

Hasta hoy no pude sustraerme a la locura que me acometió en este Mundial Sudáfrica 2010.
Junto a mi papá aprendí a ver futbol, primero con la radio pegada a la oreja allá por la época de la saeta, de la máquina de la banda roja, ese club en que estaba federada en voley o en atletismo, con marcas que nada tienen que ver con las de hoy, en tiempos en que asimilé una pelota adelantada, afuera, penal o no, full o no, mano…hasta que me hice bostera desde el fondo de mi alma.

Ya desde el primer encuentro con Nigeria, la noche anterior, las sábanas, mortajas heladas no cumplían su papel de mortajas.
La entrada habitual, las camisetas, el himno que invariablemente me estruja el pecho, los brazos abrazados y la cara del niño hombre genio que logró que los 11 chicos de la cancha y los 11 del banco, con su magia, se presentaran para buscar la gloria. Porque ellos iban por la gloria, por la camiseta.
Había que ver las presencias sobre el verde pasto,
Susto ante las cualidades de esos negros maravillosos, esa ligereza africana.
Y esa noche consumí los restos de tranquilidad que suelo concebir para percibir esas jugadas.

Con Grecia asomó el aliento y la esperanza. Con México, con sufrimiento me agrandé con el 3 a 1, aunque con reservas. Soporté en la cama, boca abajo, con los ojos tapados con un pañuelo, sin los lentes, total, yo podía escuchar al relator y ver con mis ojos sin mirar, dónde, en qué lugar estaba cada jugador. Mucho, ¿no?
Ahora, a las 00:00 horas del 2 de julio, espero el encuentro con Alemania y tengo miedo. No se si soportaré la rutina del comienzo y menos el partido.
Dejo la lapicera y el papel “blanco como un papel” e intentaré dormir. No sé si quiero que el día de mañana sea mañana o en un año, cien o mil. Mañana será el principio del fin y la hermosa pesadilla del interrogante. ¿Aguantaré la carita del mago, sea cual fuere el resultado?
¡Vamos, Diego querido, vamos chicos. Vamos Argentina!

Y fue una horrible pesadilla con hombres que lucharon hasta el fin. Con un Diego que emergido del fondo de los fondos, pudo con su mística, abrazar, besar a sus chicos como ningún técnico. No hubo, no hay, no habrá otro que ante la salida de un cuarto de una final mundial, respete a sus jugadores, los premie con su afecto y los incite al nuevo intento con o sin él.
¿No es verdad que digo que Diego tiene magia en los pies y mística en el alma?
Y me quedo con algo que escuché y jamás se me había ocurrido "el futbol
es un deporte en que con los mismos miembros con que se movilizan los jugadores, tienen que hacer la jugada".
En eso, Diego, el mago, el místico, es un experto.
Gracias Diego, gracias muchachos, ya dejé de llorar.

domingo, 6 de junio de 2010

LAS OTRAS VÍCTIMAS


HIJA

Zulma Fraga

Yo andaba cerca de los treinta en diciembre, cuando mi mamá cumplió cincuenta años. Tengo una foto de ese día entre las manos, mientras espero los resultados. Hace casi una semana que no puedo comer, y si como vomito, y tengo los intestinos dados vuelta. Me parece que nunca me había sentido tan mal en toda mi vida, y no sé muy bien por qué traje precisamente esta foto, pero mirarla me da un poco de sosiego, por lo menos me para algo este desorden de las tripas. Está en la playa, con Silvia y Marcela y se la ve espléndida, con una bikini turquesa y ese pelo maravilloso, lleno de rulos, de un rubio apenas rojizo. Había encontrado la tintura justa para mantenerlo de su color original y como era pequeña, menuda y andariega, tenía un cuerpo que sostenía bellamente ese traje de baño bastante descarado, pienso ahora, quizás porque al mismo tiempo pienso que mi cuerpo de hoy, más joven que el de ella entonces, no soportaría esa exposición. Mi cuerpo, el cuerpo de mi madre.
Debería haber estado ahí, con ellas tres, que funcionaban como hermanas y me habían cuidado y amado en bloque desde que mis padres se separaron. Debería haber estado ahí, y esto me lo he reprochado tanto que no entiendo por qué ahora siento otra vez de un modo tan vivo la culpa. Ella dijo: alquilé una casita en la playa, con las chicas, podrías venirte aunque sea unos días y contesté no creo que pueda, vos sabés cómo ando. Preferí no verle los ojos ni escuchar su desilusión cuando dijo bueno, está bien, pero si te podés escapar me gustaría mucho. Preferí pensar que habría otros cumpleaños, aunque no estuviera para sus cincuenta. Sé, sin embargo, aunque ni Silvia ni Marcela me lo dijeron, que debe haber mantenido la ilusión intacta todo el día, con el corazón a los saltos esperando verme aparecer en la playa. Me pregunto, me pregunté tantas veces cómo clausuró ese día, si me perdonó con su indulgencia fácil, o si pensó, como yo pienso, que era algo que le debía y que tendría que haber estado.

Nos habíamos llevado siempre bien y nos queríamos alegremente, pero ese último tiempo estaba un poco alejada, había terminado mi licenciatura y quería hacer un Master fuera del país, toda mi energía estaba puesta en conseguirme una beca que acababa de salir y yo andaba a lo loco organizándome para el viaje.
En esta foto vuelvo a verla muy bonita, me lo parecía entonces, y de chica, cuando iba a la escuela, mi mamá, con esa cabeza dorada maravillosa y los ojitos verdes, siempre me pareció la más linda de todas. No recuerdo haberla visto con mucho más que jeans y remeritas, o en el hospital de uniforme, nunca tuvo mucha plata para ropa, ni tampoco le daba importancia, siempre sentí que se adornaba con ella, con su alegría, con su impulso generoso para vivir, y que no precisaba nada más. Cuando se separó de papá fuimos a vivir a una casita pegada a la de Marcela, que estaba casada, no trabajaba y tenía dos chicos más o menos de mi edad, de modo que era fácil dejarme ahí, o con Silvia, que era una fantástica tía de fin de semana, cuando mamá tenía guardia o le suspendían algún franco. Pero en cuanto me recibí, ella se compró un departamento de un ambiente y me dio plata para que yo me comprara otro y pudiera vivir sola. Algo tuvo ella siempre y era que no se aferraba, me soltaba todo el tiempo, pero haciéndome saber que estaba ahí.
Entonces, no fue muy raro que esos quince días de marzo, cuando yo estaba por irme, no la hubiera visto para nada, ni hablado por teléfono, la llamé unas veces y no había nadie, o el teléfono no andaba, porque eso pasaba muy seguido, tenía un buscapersonas por el trabajo y creo que le dejé un mensaje, era partera de un par de obstetras importantes y hacía buena diferencia con esos partos, estaba poco en su casa y al hospital no me gustaba llamarla, nunca era buen momento. Quizás debí preocuparme de que no llamara ella, no era su estilo, por ocupada que estuviese, pero los días se me pasaron volando, y creo que en el fondo no quería que me propusiese un encuentro, una cena, un cafecito.
Pero después empecé a llamar, y el mismo día que me iba, me atreví con el hospital. Alguien contestó “no vino” y llegué a su departamento. Había cartas y cuentas bajo la puerta, como de varios días, su orden escrupuloso, la cama sin tender, una taza con un sedimento reseco en la pileta de la cocina. Sonó el teléfono. Una voz de mujer dijo mi nombre, y esto: andáte ya de ahí, tomá tu avión, no busques a tu mamá, nosotras estamos en eso. Salí de ahí ya. Y colgó. Dijo: salí de ahí ya. Dijo: nosotras. Mi pánico fue tal que lo único que pude hacer fue agarrar el portarretrato con esta foto de mi mamá que ahora tengo en las manos, y que después, en tiempos desesperados, entendí que era la última; salí corriendo sin poner llave, fui a mi casa, saqué las valijas y me instalé en el aeropuerto, sola, hasta la hora de irme.

Hice mi master y me fui a trabajar a Roma. Silvia y Marcela me escribían, contaban banalidades y me decían no vengas. Alguien me visitó al poco tiempo de mi partida, un hombre mayor, de palabras pausadas. Habló del hospital, de muchachas que parían encadenadas, de niños entregados a otras manos. Dijo que mi mamá avisaba a las familias de esos nacimientos.
Perdí una clase de vida. Soy la que viaja, la que siempre puede ser enviada a cualquier país, la que no echa raíces, ni hace pareja estable, ni tendrá hijos. Vivo más en hoteles que en mi propio departamento de Roma, pero allí estaba hace una semana cuando me avisaron que habían encontrado una fosa común y que uno de los cuerpos podría ser el de mi madre.
Yo pensé su pelo maravilloso, lleno de barro. Es lo único que puedo pensar, mientras sigo sintiendo, como desde hace ocho años, que la que estaba ahí para siempre un día se perdió en la nada, y espero los resultados con esta foto entre las manos y los intestinos dados vuelta.

viernes, 28 de mayo de 2010

SUELE PASAR








Los años con sus noches rociadas de pasado, ése el de las estrellas descubiertas o el de dolores no mitigados por el tiempo, eran el laberinto intrincado del que no sabía salir.
Ésa era otra noche, de las simples, las resueltas con Gloria en un traqueteo entre el cine y un boliche. Otra noche sin pena y con Gloria.
Gloria, amiga de momentos insostenibles, de discursos falaces. Mas a veces le era bueno tener a mano a Gloria.
Y “salieron de tascas”, al decir de Xavi, el tierno amigo catalán.
…Y de entrada” te pusiste el vestido negro, como yo”…” te aclaraste el pelo, no te queda bien…” y remató el encuentro con un irónico” las sandalias doradas hubiesen combinado…”. Por supuesto ya estaba arrepentida del encuentro con Gloria al bajar el primer escalón de su casa.
Decidieron ir a lo de Marga. Junto al piano un hombre interesante fumaba echando volutas de seducción. Aspecto interesante, actitud displicente, le sobraba clase.
A ella le impactó de inmediato, a Gloria, no. Hizo hincapié en el traje, en el corte de pelo y hasta en la forma de fumar. Todo de corrido y a su estilo subestimante Fue cuando se volvió a preguntar por qué seguía frecuentando a Gloria. Bueno, algo las unía. Las unían el teléfono a horas de la madrugada, la pintura barroca, Los Beatles y el ateísmo. Era bastante como para soportar sus opiniones molestas.
Volvieron a verlo en una conferencia sobre aspectos sociales en las grandes urbes, tema que tenía que ver con el trabajo de Gloria.
El hombre seductor para Leila, era el orador principal y ella quedó muerta de amor por sus palabras claras, concisas y por los mensajes que derivaban de su charla.
A Gloria le resultó vulgar, soberbio y altanero.
Hacía un mes que las amigas no se veían. Leila no salía de su casa atareada entre la correspondencia y trabajos a terminar. Sonó el timbre y “el cartero llamó a su puerta”. Lluvia con tormenta mojaba los vidrios de la puerta, un hombre empapado, apurado por el agua le dio en mano un hermoso sobre lila.
“Tenemos el agrado de participar a usted nuestro casamiento, que se realizará el día 13 de junio del corriente año en la Iglesia de Los Santos Mártires a las 19,30 horas. Gloria Alves - Juan Ignacio Castillo.
Juan Ignacio Castillo, el odiado orador de la amiguita de Leila.

viernes, 14 de mayo de 2010

AMOR AMOR



Música baja, flores en un potiche, un cenicero ordinario. La cama destendida dejaba ver la manta vulgar.
Creyó ver en sus ojos destellos como jamás había notado. ¿0 era una idea suya simplemente? El cabello oscuro, la frente amplia, despejada. Frente de inteligente (se decía), la piel… oliva, tan tersa con esa barba prolijamente rasurada.
Él miró como ella estaba sentada y corroboró en el cruce de las piernas lo bien torneadas que eran. Levantó la mirada y volvieron a sorprenderlo sus pestañas, arañas doble hilera de patitas negras, en el borde de sus ojos castaños.
Ella retuvo las manos de dedos largos, inquisidores en la caricia y cayó en el abrazo.
El hombre rodeó la fina cintura, le dio una palmada y le recordó que era hora de dejar el hotel e ir a cuidar a los nietos para que los padres salieran ese sábado.

domingo, 17 de enero de 2010

CELESTE

El tío Alberto le prometió acompañarlo y darle la plata para hacerse socio del club. Desde ese instante no podía pegar los ojos. Hasta que llegó el momento. No precisaba bien por qué le latía el corazón tan fuerte como el galope de caballo desbocado y le temblaran las manos y los pies subieran y bajaran igual que al compás del cinto del viejo.
El club quedaba cerca. Creyó que el tormento acabaría. No. El empleado que asociaba no estaba ese día y volvió como un pollo mojado y encima con los rezongos del tío por el tiempo perdido. La que se perdió fue la plata. En la casa estaban a fin de mes y siempre faltaba la garrafa y la comida.
Y se quedó sin ser socio.
Igual siguió yendo los sábados después del mediodía. Sólo, siempre sólo.
La miraba de lejos y lo deslumbraba como el sol. Soñaba con acariciarla. ¡Era la pelota del club! ¡Era comprada en una casa de deportes! ¡No como la de plástico o la rotosa con la que pateaba en el potrero! Ésa era la inalcanzable.
Un sábado se sentó en las gradas y la cosa fue para no olvidar.¡Qué gambetas hacía “el chinito” y el Coco cómo pateaba al arco, de puntín la rompía. Al chinito, al Coco y al petiso los conocía bien. Claro, de nombre nomás, pero para él eran amigos…jugaban al fútbol y estaban en sus sueños como la redonda y la cancha del club.
Otro sábado se animó y se sentó y se sentó en el pasto. Los olores de sus héroes lo inundaban, el jadeo de los pibes lo excitaban, los golpes de los puntapiés le sonaban al redoble del tambor de la murga “Los fantásticos”. Y los gritos ¡Dale, Coco, pasamelá petiso. ¡Nooo! ¿Qué hacés chabón? Era un sueño. ¡Tan cerquita!

Benítez, el flaco institución, le pegó al silbato y le gritó ¿querés entrar pibe? falta uno. Se levantó robotizado, duro como tacurú en el campo.
- Pibe ¿cómo te llamás. No le salió una palabra, un sonido, un mugido.
- Entrá, dale, ponete al medio, a ver qué podés hacer, nos van a golear hoy. De ahí en más, dale, vos, el de celeste, corré, pasala pibe, pasala, bien, pateá, gool. Ganaron gracias a su gol.
Y se quedó en el equipo y ascendió, ascendió tanto que de la categoría 90, llegó a primera a los 18.
Ahora en Europa, aún lo llaman Celeste, nunca por su verdadero nombre, Diego, igualito al Diego.
En las tribunas se escucha… Celeste, Celeste…
En la pieza del viejo y el tío, al lado de las fotos del Diego, está la de Celeste.

Mi nieto Juan Francisco me dio el tema para este relato.
Gracias, Juano.