miércoles, 23 de diciembre de 2009
Elijo la vida a morir mediocramente
amarte a ignorarte
gozarte a padecerte sin fin.
Elijo tus ojos profundos
que horadan los míos
y tus labios
en susurros de mentiras de amor.
UN FINAL
Quisiera un final
sin miedo ni angustia.
Quisiera abrazos y ternura,
tus manos
que acariciaran mi frente
y tu aliento me ayudara
a respirar.
¡Lástima que no estás!
III
La lámpara me encandila,
sus destellos me llevan lejos.
En el final, distante,
la niña que fui juega a la rayuela,
más cerca, la que soy,
intenta detener las horas.
En medio, los juegos inocentes,
el amor sin inocencia,
las verdades, las mentiras,
los prejuicios, la maldad y la bondad.
Se va apagando la luz
y con ella mi vida.
domingo, 6 de diciembre de 2009

Parva de papeles incólumes blancos a la espera en acomodo constante, alto de planillas para llenar sobre escritorios donde apenas cabían un cenicero rescatado entre trastos viejos y algún florerito de cerámica añorando la efigie de Desireé con agua traída del baño, poblaban las mesas de la oficina. Eran lápidas en hilera.
Dorys siempre llevaba una flor del jardín de la casa de Banfield. Que no era su casa, era la de él. Si por una noche no dormía allí, pasaba por la mañana a retirar el jazmín o la rosa de turno.
Dorys, chica moderna, vestía al estilo de secretaria del 40 con trajecitos habitualmente combinados con la blusa o la remera. En verano aún usaba trajecitos, de hilo o de seda.
Oscar le había regalado dejándola sorprendida, para sus perpetuas solapas, un broche, un corazón rojo de oro bordeado con chispitas de brillantes que de seguro había gastado por él unos buenos “rublos”. La alhaja cambiaba de solapa en tanto cambiara de traje. Él no era hombre de hacer regalos. Ella hacía honor a la fineza.
Las chicas y muchachos de la oficina le preguntaron en una ocasión por la repetición de su uso a lo que contestó que en su noviazgo con él era el único obsequio que recibiera. Estela quiso saber si era comprado o un recuerdo familiar de Oscar y Dardo le hizo el chiste malicioso de si heredaba de alguna antecesora.
Dorys en el momento al tema no le dio importancia pero una noche cenando en lo de Oscar le contó los comentarios que suscitaban su regalo.
Él no dio trascendencia al valor, consideró que era una alhaja común, la había visto en una joyería, le gustó y pensó en un regalo como adelanto del casamiento.
El broche rojo iba y venía a la oficina, de visita a la casa de la tía Eulalia, de los abuelos, de compras, de toda ocasión. Lució también en el conjunto blanco para la cena de fin de año. Viajaba con ella. El broche iba en colectivo, subte, ómnibus, tren, taxis, en todo lo que trasladara, por ende en el coche de Oscar y el de su padre. Era más viajado que avión de línea. Formaba parte del cuerpo de Dorys. Dorys sin el corazón rojo con chispitas de brillantes no era Dorys.
Ese verano en la playa se lo puso en el sombrero de paja italiana que tan bien le sentaba y en las fotos que llevó a la oficina se veía espléndido.
Retomó la oficina luego del veraneo y ¡Oh!, no llevaba el prendedor en su solapa.
La picuda de Estela fue la primera en darse cuenta. Primero fijó la vista en la susodicha solapa, luego clavó los ojos en los de Dorys y así en un ping pong estuvo varios segundos, pero no preguntó, con su mirada de águila en acecho estaba todo dicho. En cambio, Dardo, punzante a su estilo tiró – nena ¿el corazón se te voló de la solapa? Ella, distante, contestó que lo había olvidado. Es la primera vez que me pasa, dijo y se sentó ante los expedientes que dormían el sueño de los justos.
Por la tarde el jefe presentó a una joven con su discurso solemne de las ocasiones importantes (para él). – les presento a la señorita Mónica Benítez Larroca. Viene a asesorarnos por los últimos problemas que hemos tenido en la contabilidad. Es la contadora de mi amigo Dardo Portillo que con su gentileza nos la ha prestado. La sonrisa estúpida dibujada en su cara acaparaba la escena ridículamente. Agregó, rebuscado, les recomiendo que atiendan sus indicaciones.
La bella Mónica Benítez Larroca vestida de amarillo furioso tenía en la solapa de su traje un hermoso corazón rojo con chispitas de brillantes.
Es probable que el viajero corazón no detuviera su camino.
viernes, 4 de diciembre de 2009

Se conocieron en un hotelito de Constitución. Las dos habían llegado de lejos al escape de todo. Del viento, el agua, el frío, el miedo, la tristeza del hambre.
La Catalina dejó el caserío chiquito de la provincia de Buenos Aires, allá donde los árboles se doblan haciendo reverencias, chiquito como los alfileres de las camisas bien dobladas en las tiendas finas del pueblo. La Adelina bajaba del Chaco, de una casilla metida entre maderas, follaje y tierra. A las dos les había dolido la partida. A las dos el miedo al ruido les teñía de blanco el color de la tez lustrosa ya comenzada a ajarse Y ambas, solitas como la última flor del florero de los cementerios, se encontraron en la puerta del baño en común, con la toalla y el jabón en la mano. Jabón de olor. Se midieron con una sonrisa de decidirse sí o no.
Durante días no volvieron a encontrarse. Hasta cuando la Adelina notó que la otra no salía de su pieza por varios días.
La chaqueña, que la había adoptado como suya, sin haber mediado entre ellas más que los saludos, recorrió con cautela la planta baja y sin preguntas, el corredor del primer piso. Como al cuarto día la vio salir muy temprano y la apalabró en la puerta
Caminaron cuadras con un hola primero, esquivando gente, bultos, coches. De a poco se instaló un diálogo entrecortado y sentadas en la plaza fueron descubriendo lo que traían en el alma, y con sorpresa que a las dos las llamaban Lina, por Catalina y Adelina. Soltaron juntas una risa muy amplia, prometieron amistad, promesa y proyectos juntas.
De ahí en más se contaron cuanto eran ellas. Sus cortas vidas anteriores, sus penas, los dolores, las familias y el por qué de animarse a la ciudad”….Dicen que diosito atiende acá…” “…Si te va mal, volvete…” “te quiero, pero al chico dejalo con la mama…”
¿Para qué habían venido? ¿Para qué iba a ser sino para ganar plata y mandarla para allá? Allá, “donde el diablo perdía el poncho”.
La Lina, la Catalina, una noche llegó a contarle a la Lina, la Adelina, que había conocido a un gringo simpático, querendón, parecido al papi, que le conseguiría un trabajo mejor que ése de limpiar tantas horas sin descanso, sin horario, ni comida. No sabía aún dónde, pero sí que era cama adentro, con casa, comida y era gente muy considerada, cosa que a la chaqueña le dio un poco de celos.
La mañana en que se despidieron, la Catalina lo hizo contenta, con la esperanza, ésa “que nunca se pierde”, decía la abuela.
La Adelina se quedó con el renovado dolor de otra despedida y su soledad.
Aún sigue la chaqueña dale que dale, encuentra y deja casas para limpiar porque en ninguna conforma. Cuesta mucho que la acepten. Es feíta, patas cortas, aunque limpia y honesta. Pero esto parece no importar.
Hoy tiene la tarde libre, toca el timbre, le echa un vistazo al jardín con montones de flores y en la espera de que la atiendan ruega porque la tomen, así podría regar esas margaritas y esos jazmines de olor.
Lina, la Adelina, espera, se le hace larga, como el camino al pueblo al .que insiste en no volver. Se está yendo. Se abre la puerta y un hombre rubión con una valija en la mano le dice que espere, que su señora baja a atenderla pronto. ¿Viene por el aviso?
La Lina, cansada, vencida por tanto, asiente con la cabeza.
¿Sabe?, dice el hombre de la valija en mano, con el otro embarazo no estuvo tan pesada. Ya la atiende, entre.
Las Linas se unieron en un abrazo interminable, después que la Lina dejara su valija de cartón en el piso.
miércoles, 2 de diciembre de 2009

Era una campánula, un botón de campanilla en el alambrado interminable de una quinta.
¿Qué soy? se preguntó ¿cómo estoy aquí? Le indagó entonces con vocecita muy leve a algo muy oscuro que dormía a su lado. ¿Acabo de nacer? ¿Podrías decirme qué o quién soy?
La hoja cetrina que sesteaba con placidez gatuna, miró a la miniatura que inquiría y volviéndose a esa pequeñez le dijo – me parecés un diminuto cencerro, no distingo tu color. Tu contorno sí. Es acampanado, mejor, campanudo. A pesar de mis dudas se me ocurre que sos una flor. Preparate, serás rimbombante. - Rimbombante, dijiste, ¿qué quiere decir esa palabra?, respondió el botón. - Quise decir llamativa. Pertenecés a la familia, naciste entre nosotros. Nuestra tarea es tapar los cercos, enredadas, para que no se vea. - ¿No se vea qué? Insistió ella. – Muchas preguntas en tan poco tiempo, yo en tu lugar me escondería, acotó su vecina y agregó, ya veo aparecer tu color definitivo, ya asoma el violeta bordeando el lila que te descubre, pequeño pimpollo de campánula.
La campanilla pasó un par de días mientras crecía atemorizada, escondida entre el follaje, en su recelo de mostrarse. Su corola y sus pétalos se humedecían apenas con las gotas de rocío, tal era su afán por ocultarse.
Su parienta verde dormida in eternum le contó que una señora japonesa, japonesa por sus ojos lisos como la línea del alambrado que manos muy fuertes con ruidos filosos sesgaban muy seguido, la señora japonesa, se detuvo una mañana y observando tanto verdor y al descubrir su color exclamó, ¡hola! acá hay una campanilla de los cercados, florecen varias ipomoeas tricolor.
La naciente campanilla violeta alilada aprendió mucho en escaso tiempo, disimulada en medio de la enredadera.
Mas los hados le fueron nefastos. Poco tiempo tuvo de brillo y esplendor. El violeta alilado de sus ropas de fino terciopelo fue a parar a manos de la dueña de la cerca que la arrancó del tronco madre y la estrujó luego de olerla, al percibir que no tenía aroma.
La campanilla quiso decir esperanza. En su último minuto de grandiosidad pudo susurrar “compadeceme”.
sábado, 14 de noviembre de 2009
¿MILONGA DESPERDICIADA?

A la Chola
Eran las seis de la tarde. Se decidió por la pollera marrón y la blusa beige. Dudó con los zapatos. ¿Los tostados lisos o los combinados? Mejor los lisos, tienen el taco más fino, se dijo. Un último toque al cabello en el espejo y otro a los labios. Le gustaba el rosado del rouge, regalo de su hija. Se vio bien.
No olvidarme de las llaves, se repetía. Estaba ansiosa. Después de todo ¿por qué? Si lo había hecho siempre. En cada fiesta familiar ella y él, el Cholo, eran aplaudidos y se lucían en los patios de las casas al compás de tangos, milongas o valsecitos. Especialmente de un tango. Los dos se ruborizaban con cierta vergüenza, eran chicos los hermanitos ¡y tan lindos y graciosos! decían todos. Ellos, al compás del dos por cuatro sentían el atractivo sutil de deslizarse como en las nubes. Se abstraían.
Pasados los años, en cada reunión de familia, marcaba con sus pies el compás de la música, lista para ser pareja. Por supuesto de los que mejor bailaran.
Ese día era de ansiedad. Como si hormigas diminutas la recorrieran. No olvidó las llaves. Cerró la puerta de calle y un poco andando otro poco caminando fue a la aventura. Quedaba en Carlos Calvo y Pasco, su barrio. Aquí es, dijo en voz baja. Leyó la chapa ostentosa en la pared que llamaba brillante con letras grandes, azules sobre blanco. Gladys y Pablo – Profesores – Tango.
Entró como camino al cadalso, María Antonieta al degüello. ¿Qué le pasaba? Si había bailado toda la vida, si el tango mordía sus entrañas. Si no podía evitar los ojos mojados y la voz quebrada acompañando a un cantante. Si era profesora de piano. Le latía el corazón.
En un hall lleno de afiches, Troilo, Pugliese, D´ Arienzo, su Hugo Del Carril la miraban. Éste le decía con un guiño, ¿ahora te achicás, Chola? Para vos esto es nada. Se contestó, tengo que quedarme tranquila. Sí, no pasa nada. Horacio decía que yo me lucía en la pista.
Mujeres grandes, muy grandes, esperaban sentadas. Claro, era un Centro de Jubilados. Mujeres con sonrisas esbozadas.
- ¿Tu nombre?
- Nélida.
Y los nombres de cada una presentándose. Y la rueda siguiendo las órdenes.
Como en la arena del circo. Se incomodó.
El tango. ¿Dónde estaba su tango? La voz cálida seguía marcando.
- Uno atrás, otro adelante.
La Yumba atronó en el salón, la ubicó en tiempo y espacio.
Se despidió. Sin ansiedad. Sin hormigueo.
Pasos cortos la llevaron tarareando La Yumba de regreso a la casa de ella y de Él, Horacio, el amor de su vida que hoy no está y seguro le diría - con tus ochenta y dos no ibas a dejar esa milonga desperdiciada.
Y entró a su casa.
viernes, 23 de octubre de 2009

Estaba sentado en el banco de la estación del tren y su cabecita volaba. Se le mezclaban las ideas ¿Cómo ponerse en la piel de los grandes? ¿Cómo los grandes no lo entendían? ¿Por qué le pasaba todo a él? ¿Por qué perdió la plata, justo la que tenía para comprar la entrada para el partido?
Había buscado por toda la casa hasta donde nunca podía haberla encontrado. Pero esta suerte maldita. Estaba seguro que Luisito iría. Aunque perdiera la plata Luisito iría, a él se la volverían a dar. En cambio, su padrastro ya le había advertido. Por esta vez, nene, no te hagas ilusiones de que te voy a dar otra vez, le dijo. Iba a ser así. Desde que su mami no estaba más la vida se le convirtió en imposible. No tenía plata para nada. Iba al colegio caminando. Claro, las otras, en coche. Eran nenas, el padre de ellas decía que tenía que cuidarlas. ¿Y a él quién lo cuidaba? ¿De qué había muerto mamá? Nunca lo supo. A papá se lo había llevado el tren cuando se salió de la vía y chocó con otro.
Nicolás seguía enojado, pensando en sus padres, en el dinero perdido y esperando el tren de la tarde que suponía se llevara a su papá.
¡Cómo tarda hoy el tren! ¿Habrá chocado?
Cuando el tren pasaba, Nicolás lo saludaba con las manos y se hacía ilusiones. Un día se iría bien lejos, total papá se había ido con el tren.
Pasó el tren. Bajó tanta gente que casi lo tocaba para salir de la estación. Se fue el tren .Se fue la gente. Se levantó del banco como todas las tardes, hoy, enojado y triste a la vez. Igual con el deber cumplido, el de saludar al monstruo que algún día lo llevaría lejos.
Se levantó para irse. Al llegar al molinete, estaba en el suelo una billetera negra. Dudó en levantarla. Nadie lo miraba. Se decidió. La levantó. La abrió. Fotos, un nombre y una dirección.
José Fontana, Constituyentes 3245. Caminó despacio, cruzó la vía por el puente, enfiló a Constituyentes, 3.000, 3.100, 3.200. Acá, 3.245.
Tocó el timbre.
José salió a la puerta.
Nicolás entró en la vida de José.
miércoles, 21 de octubre de 2009
ELIGIÓ BELGRANO

...esta sala de espera sin esperanza,
Era todo lo que precisaba para armarse y tener ganas de sacar fotografías puerta por puerta. Aprendió el oficio viendo. Empezó con una camarita prestada. Cuando pudo se compró una, no como las modernas, pero era pasable. Revelaba las fotos en casa del primo Roly que era quien le enseñaba todo lo que sabía.
Esa mañana el calor la aturdía, las ropas se le pegaban al cuerpo y ella tarareaba…esta sala de espera sin esperanza, estas pilas de timbre que se secó… ¡Como le gustaba Sabina! Jamás podría ir a escucharlo cantar. Tenía tanto que pagar con lo que ganaba con las fotos, que la compra de una entrada para verlo era una utopía por demás estúpida.
Decidió ir por Belgrano. Bajó del colectivo en Cabildo y Juramento y enfiló para las Barrancas. Nunca había visitado ese barrio. Medio chetón, se dijo mientras caminaba por 11 de Setiembre. Las casas eran señoriales.
Al toque del tercer timbre, los tres negativos, la señora no está, la señora no puede atenderla, estoy sola…ya quería volverse. Pero se acordó que tenía que pagar la luz y Vero estudiaba de noche, no fuera cosa que se la cortaran.
Se volvió hasta la plaza con una iglesia imponente, redonda, al lado de una confitería con mucha gente al sol y plagada de palomas. Le hubiera gustado sentarse y tomar un café repatingada en los sillones que ostentaban confort. No se sentó. Se mintió que las palomas picoteando las mesas eran asquerosas, igual no tenía plata. Mejor echarles la culpa a las palomas.
Volvió por O’Higgins y de un remise bajó una chica, una chica joven como ella, melena rubia al viento, con unas botas impresionantes, cara enfurruñada, empujándola, con apuro, sin mirarla. Corrió, voló, desapareció por Juramento.
Yessica, con sus jeans gastados, su pelo bien corto, el cuerpo chiquito y la cámara apretada a su pecho quedó tambaleando por el envión recibido.
Se recuperó enseguida, para eso iba con sus zapatos chatos. Miró alrededor. No pudo compartir miradas. Ni siquiera con el perrito que pasó ligero.
En el encontronazo se le había caído la carpeta con las muestras. Se agachó y dos hojitas sueltas al lado de su carpeta la miraban con insolencia.
El sábado fue al Gran Rex con Vero a ver al Sabina de su corazón.
lunes, 19 de octubre de 2009
UN SÁBADO A LAS 12

Juan y su ternura de siempre dormían bien profundo en la habitación que quería ser de momentos un taller de plástica y se había convertido en depósito de cajas, ropas, cuadros y pinceles.
Todo por la construcción del nuevo departamento de arriba.
Atendió el timbre por la ventanita y el muchacho sabatino que medía el estado del gas la saludó con la simpatía acostumbrada. Eran las 12. Hacía frío. Tomá las llaves. Ya salgo.
El medidor del gas estaba en el garage con el de la luz. Casa antigua. Medidores adentro.
Salió. Él, agachado le apuntó con la linterna y su sonrisa. ¿Tiene algo encendido? Hay pérdida. ¿Vio la cuadrilla? Es en la manzana.
Sí, la estufa. ¿Paso como el sábado pasado? Entraron juntos. Detrás uno flaco, el inspector, y otro con un aparatito tipo celular antiguo. Déle esto a mi compañero, si no, no va a medir nada.
Nene ¿era el de siempre, no? Tu compañero te manda…
La mano en la espalda del compañero, un tranquila ya está ¿eh?... Supo que estaba jugada.
Ni una mirada, tampoco un ademán violento, menos un arma. Sólo, cantá la plata. ¿Dónde tenés la plata?
Un baldazo de parafina le cubrió el cuerpo y recordó la promesa hecha el sábado anterior. Que viniera a cambiar el medidor ¿? el martes, que tendría “platita”. Tendría 300 pesos y les daría una propina.
Cantá la plata. Plata no tengo. Estiró las dos manos. Tomá las alianzas. Ahí se fueron las alianzas de 49 años y el anillito de los nietos.
Eran tres. Tres hombres y seis manos ligeras. Revolvían cajones, dedos de pianista, las ropas del placard amontonadas sobre la cama con los bolsillos dados vuelta, los zapatos por el suelo.
Delicadeza, firmeza, seriedad. Cantá la plata.
Apareció Juan, ojitos y mejillas coloradas y el miedo que se le caía de la cara.
Mirá, estoy enferma, dijo, tengo que tomar una pastilla. Tomala. No tengo agua y le mostró el vaso vacío. Te traigo. Y trajo un vaso con agua del baño. ¡Mucha enfermedad y fumás!
Del cajoncito de la mesa de luz que abrió para sacar la pastilla, un viejo atado de Ritz, con cuatro puchos, recuerdos de él, bromazepán y clonazepán para un ejército, asomaban bailoteando en la bocaza de una ballena de Puerto Madryn. Ésos son de mi esposo que murió. Bueno, callate que me ponés nervioso. Cantá la plata. Es una entregada. Muchacho, plata no hay. El que entregó, fue al cuete.
Los 200 pesos sobre la mesita de luz, de los que pensaba sacar para la futura propina desaparecieron sin que se diera cuenta.
Ahí abajo, en esa bolsa de papel colorado están las alhajas de mi hija de los quince. Dame la bolsa de oro. No es una bolsa de oro, son las cosas de mi hija. Hablás demasiado. Él puso la bolsa de papel rojo sobre la cama, ella volcó todo. Los dedos mágicos se encargaron.
Una corbata acarició sus tobillos y un pañuelo las muñecas. Se fueron los rápido y con orden. Con las alhajas, un gamulán y la guitarra comprada a Grela. ¿Te llevás la guitarra? Sí. Ah, y los 2.000 que ella ignoraba tenía su hija en un bolso. Eso no nombró el portador del bolso y del aparatito para medir el gas.
El flaco del vaso de agua, volteó la cabeza…otra vez no le abras la puerta a nadie….
Se quedaron abrazados. Juan con los ojos llenos de lágrimas y el corazón que le salía del pecho y ella, ella, como si no hubiera pasado nada.
domingo, 4 de octubre de 2009
4 DE OCTUBRE DE 2009 ¡QUÉ PENA!

Cántame tu verdad
Sembraste libertad
Está creciendo la flor
que tu canto regó.
Canto por la razón
que me dejó tu voz
porque tu mano legó
semillas de libertad."
Fue una tardecita primaveral y enfrente de mi casa, en el Parque, un grupo mediano de gente con niños y perros, se iban sentando de a poco, formando una rueda. Y llegaron los cantores y el coche policial con su luz encendida. Los cantores cantaban, los demás, en principio en silencio, arrobados. Mas luego, el fervor in crescendo y los puños en alto. Levanté mi mano izquierda llevada por la emoción, mis hijos pequeños y yo, la oímos por primera vez. La seguí oyendo durante muchos años.
Seguirá su voz, su canto, su cadencia al moverse en el escenario, su pañuelo revoleando en mi retina.
Gracias, Mercedes Sosa. Gracias, negra
sábado, 3 de octubre de 2009
DEL BING BANG AL "CAOS" DE JUGUETE
sábado, 26 de septiembre de 2009
martes, 4 de agosto de 2009

Se duchó rápido, el agua semifría la hizo tiritar. Se secó con fuerza cosa de sacarse el frío. Eligió la ropa detenidamente. La pollera negra y la tricota rosa con el chaleco negro, bien. Zapatos bajos, cómodos para andar ágil. Volvió al baño, se miró en el espejo, estaba demacrada, decidió pintarse. Un poco de base y rubor le dieron mejor aspecto, algo como de salud. No se preocupó por el peinado, el cabello ondulado la ayudaba. Siempre la había ayudado. Fin del atuendo ah la cartera ¿pondría los documentos? Y era mejor. Echó una ojeada al living y acarició el lomo de Alguien anda por ahí. Cortázar la enganchaba invariablemente, la deslumbraba y su deleite al leerlo era como una mezcla de alegría y estupor. Abrió la página de La noche de Mantequilla y siguió el recorrido de los renglones por quinta o cuarta vez y nuevamente desde la página amarillenta Peralta la asustó y otra vez se le apareció la cara y la figura de Monzón y otra vez y como cuántas veces se ubicó en la platea entre el público con Delon el hermoso facho seductor para ver la pelea Monzón - Mantequilla. ¡Cómo la hechizaba Cortázar! Abandonó el libro con desgano. Ese cuento tan argentino.
- Vamos para afuera. Caminaron entre el gentío, el inmenso mundo de Retiro, salieron del aire acondicionado al calor que la envolvió nuevamente. Otro empujón chiquito y – suba. Subió al Peugeot.
- ¿Puedo preguntar?
- No.
- ¿Qué pasa? insistió
- ¿Vos tenés ganas de hablar?
- Quiero saber.
- ¿Cumpliste con lo que se te ordenó?
- ¿Qué orden?
- Vos sos Antonia, Antonia Estévez ¿no?
- .No. Me llamo Dora. Dora Singer.
- No mientas, y le apretó el brazo. Le dolió. El coche ya había salido de Retiro y creyó que andaban por la Panamericana.
- ¿Así que sos Dora?
Ella era Dora Singer sin duda alguna. - Sí.
- Bueno Dora, sos Dora Singer dijiste, no sos Antonia Estévez. Tenés la pollera negra, el pulóver rosa, el chaleco negro y la cartera es la que te mandó Carlos y decís que no te llamás Antonia y vos tenés la cartera de Carlitos.
- ¿ Qué Carlos qué Carlitos?
- ¿Cuál va a ser,? Peralta.
- ¿Peralta? ¿qué tengo que ver con Peralta?
- Basta. Hablá cuando yo te diga. En la cartera ¿estaba la plata?
Es un asalto, pensó rápido. Se animó - ¿qué plata?
- La de Cháves para que se la pasaras a Walter.
- Yo no lo conozco a Walter a usted y no quedé con nadie.
- Si no sos Antonia y no conocés a Cháves ni a Walter ni a mí ¿ por qué tenías la cartera con la cara de Delon, el franchute?
Se le mezcló la vida. Peralta, Cháves, Estévez, Monzón, Delon.
- Pará el coche, Monzón. El coche paró a un costado de la Panamericana.
- Bueno, Antonia. Salió mal la cosa. Bajate. Ahora nos viste la cara. Caminá 30 pasos sin darte vuelta. ¡ Suerte ! Caminó 30 pasos… 40...45… hasta el disparo.
miércoles, 22 de julio de 2009

Aquí en El Salvador, a los católicos que siguen las enseñanzas del Arzobispo Mártir, Monseñor Óscar Arnulfo Romero, y otros sectores democráticos de avanzada, seguramente les causó vergüenza e indignación, las declaraciones anticristianas de la iglesia católica hondureña, leída por el purpurado Oscar Rodríguez Maradiaga, así como el torpe apoyo del Obispo de la Diócesis de San Salvador, Monseñor Luis Escobar Alas.
Y es que mientras el Cardenal Rodríguez Maradiaga, apoyó el golpe militar contra el Presidente Constitucional de Honduras, Manuel Zelaya, el Obispo Alas respaldó la posición golpista de su superior.
La sorpresa fue mayor, por cuanto, a escala latinoamericana, el cardenal hondureño había logrado alguna simpatía y admiración, por posturas muy consecuentes, en temáticas de interés popular.
No obstante, en esta coyuntura golpista en Honduras, el cardenal catracho develó donde están sus verdaderos intereses, donde están su dioses: el poder económico y las fuerzas armadas.
En la declaración de la Iglesia hondureña, que fue leída el sábado, el cardenal Rodríguez Maradiaga no sólo atacó al presidente Manuel Zelaya, sino también a la OEA y a los gobiernos que han condenado el golpe.
El Cardenal Rodríguez Maradiaga ignoró el repudio mundial a los golpistas y su gobierno de facto, y con ello, se puso en contra del pueblo, contra los pobres, con los que supuestamente debe estar identificada la Iglesia Católica.
La opción preferencial por los pobres, por cierto, no es nuevo, no es exclusivo de la teología de la liberación, es sencillamente, la naturaleza del cristianismo.
Pero, cuando un jerarca de la iglesia católica, justifica a los golpista, prácticamente bendice a los que reprimen al pueblo, a los que disparan contra el pueblo.
La defensa de la jerarquía católica hondureña a los golpistas, hacen sospechar que también ellos estuvieron tras el golpe, lo cual por supuesto, si lo vemos a la luz de la historia, no sería nada nuevo.
Y es que los jerarcas de la iglesia católica, en Honduras, Centro América, en Latinoamérica, siempre estuvieron con las fuerzas represivas del pueblo, y en la actual coyuntura no es la excepción.
Por supuesto, que una cosa es la jerarquía católica, y otra sus sacerdotes. Sabemos que muchos curas están acompañando a su pueblo, esos sacerdotes son los que limpian los desatinos de sus superiores, son los que inyectan la esperanza a las feligresías, sobre todo, en los momentos de mayor angustia, como la que viven en estos momentos los hondureños, nuestros hermanos y hermanas.
http://www.diariocolatino.com/es/20090708/editorial/68924/
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viernes, 10 de julio de 2009
¿DARTE MI AMOR?
- Dámelo…
- Está sucio…
- Dámelo sucio…
- Vamos a suponer…
- Suponé…
- También quiero preguntar…
- Preguntá…
- Supongamos que llamo…
- Abriré…
- Pongamos que te llamo…
- Iré…
- ¿Y si allí hay dolor?...
- Sé del dolor…
- ¿Y si te engaño?...
- Perdonaré…
- ¡Cauta! te ordenaré…
- Cantaré…
- Cierra la puerta del amigo…
- La cerraré…
- -Te diré ¡Muere!
- ¡Moriré!
- ¿ Y si me ahogo?
- Te salvaré…
- ¡Y si hay sufrimiento?
- Lo soportaré…
- ¿Y si de pronto hay un muro?
- Lo saltaré…
- ¿Y un nudo?
- Lo cortaré…
- ¿Y si son cien ?
- Los cien…
- ¿Mi amor te daré?
- Tu amor.
¡No puede ser!
- ¿Por qué?
- PORQUE NO AMO ESCLAVOS
Robert Bozhdestnensky
martes, 7 de julio de 2009
ZAVALETA
Es un páramo repleto de escombros.
Es un llano ocupado, un oasis sin verde ni agua.
Es la ausencia llena. Ausencia de bienes. Presencia de oscuro. Negro. Pardo.
Las voces claras. No piden. Sugieren. Cuentan. Narran conciso la vida que pasa pasando.
Poco como el alimento. Más como el paco.
Menos las comodidades. Más el frío que se cuela por los huecos del alma..
No es momento de preguntas. Ni por qué ni qué.
Es momento de ver pensar querer amar comprender tender la mano.
Es momento de volver a ser humano.
martes, 30 de junio de 2009
UN PASEO AL MUSEO DE BELLAS ARTES

En los recreos se juntaban y cuchicheaban espiándolo de soslayo y con risitas cómplices.
Ella no se juntaba con el grupo admirador. Se mantenía apartada, no fuera cosa que se notara su mirada, aunque desesperaba por hacerlo. Él era el más lindo de los varones. Nicolás tenía ganada la primacía en el grupo, sin hablar.
Marina se veía tan nada, con su pelo castaño que no lograba peinar, los ojos marrones que no pintaba, porque seguro le iba a quedar mal y la ropa vulgar y modesta que usaba. Ni le pasaba por la cabeza que alguna vez reparara en ella.
Cuando la profesora de Plástica propuso una visita al Museo de Bellas Artes, se anotó.
Al subir al micro, lo que hizo última, ya estaban todos en plena algarabía. Y no fue la última como creyó y su estilo lo marcaba, notó que el bullicio se debía a que detrás de ella ascendió Nicolás. Él pisó el primer escalón y las chicas y los varones ya le ofrecían el asiento de al lado. Empujones, movimientos y Nicolás impertérrito parado en el centro del pasillo. Marina se acomodó en el primero, individual.
Ya en el hall del museo sintió que un mundo nuevo aparecía ante sus ojos. En la primera sala, la colección Di Tella ( tomaba apuntes apresurada), había objetos religiosos. Pasaron a otra de estatuas de bronce, en la tercera una pintura al óleo le gustó mucho y anotó rápido su nombre, “El rapto de las Sabinas” y puso una cruz para preguntarle a la profesora a qué se refería con eso del rapto. Recorrieron la sala cuarta y quedó extasiada con un retrato de una señora Elizabeth con un lindo collar, muy hermosa y notó la diferencia con lo fea que era otra, Lisbeth, nombre que desconocía.
El guía, comunicativo, agradable, hablaba, explicaba. La atrapó y se colocó pegadita a su derecha y Nicolás se puso a la izquierda. En sus ojos no cabían las obras de arte que veía. Superaba lo pensado, lo imaginado.
Pudieron visitar hasta la sala VI, toda de arte barroco y quedó esperanzada en que volvieran porque no quedaba más tiempo para la recorrida.
¡Eran 24 salas y habían visto 6!
No cabía en sí de la emoción.
En contraste, la indiferencia y la conducta de casi todo el grupo puso mal a la profesora de Plástica y se le notó en la cara.
Marina, ya de vuelta, con las imágenes en ella que quedaron fijas viajó enfrascada en su habitual silencio.
Al bajar en la puerta de la escuela, una mano tocó su hombro al mismo tiempo alguien le decía - Marina, en casa mamá tiene un taller de pintura y obras completas en su pinacoteca ¿ no querés venir una tarde?, así charlamos un poco.
La N de Nicolás hizo piruetas en su cabecita de adolescente.
jueves, 11 de junio de 2009

Se recostó contra la ventanilla del tren. Creyó en un principio que escucharía el chucu chucu de aquella única vez que había viajado por ferrocarril a Molina, en Santa Fe.
Entonces tenía 18 años y en su cabeza bailaban miles de sueños.
Ida y vuelta agradable y con ganas de verlo.
Ahora, diferente. Más grande, en un silencio agradable, acompasado como un son cubano y silencio lleno de matices que oía mientras desfilaba el paisaje. Verde empalidecido, naranja como naranjo en madurez, violetas, celestes y amarillos que se besaban en su paleta junto a sus pinceles.
No podía ni quería quitar la vista del arte que pasaba a su lado, pero se distrajo. Mínima burbuja en el espacio, allí estaban.
¡Tan lindos los dos! ¡Mellizos? Sí. Iguales. Cinco años apenas. Jugaban con sus manitas, dedo con dedo y devenía un gesto, una mirada, una carcajada.
Precisaba lápiz y papel para plasmar a esos niños, la burbuja y el sonido del silencio y la bulla de las risas.
En el bolso encontró lo que necesitaba. Rápido su mano bosquejó los rulos, el óvalo de las caritas y los labios gordezuelos. Pasó de inmediato a los brazos pequeñitos y las manos regordetas, afiebrada, sin una tacha, con temor de que se fueran.
La belleza la había conmovido a tal extremo que no notó que quedó sola en el coche.
No se equivocó.
Se incorporó en la cama de su solitaria habitaciónen la que dormía a media luz por las noches.
Con languidez miró sus manos que hacía años no dibujaban porque la parálisis no se lo permitía.
sábado, 23 de mayo de 2009
Lo atendió como lo hacía con todos. Con la mirada a los ojos del otro, fuerte, blanda, comprensiva a la vez. Estaba acostumbrada a la tez morena, al olor de la leña o el carbón que salía de las ropas inimaginablemente limpias y planchadas, a su trato amable y el de los que venían a la consulta. Siempre primaba el buen gesto, porque ella siempre se adelantaba con una sonrisa.
Ya lo había detectado un día, sentado en un pilar, mirándose las manos, las zapatillas que pedían otras y con esa tristeza en los ojos brillantes que dan la pobreza y el hambre.
Poco fue lo que pude saber del encuentro, por ética, pero sí que quería estudiar. Supongo que contaría alrededor de 18 años, indocumentado y vivía no en el barrio, ni en la villa. Él estaba detrás, en la quema, sobre las ratas, donde las casillas no tienen número.
¿Cuánto podía esa mujer joven, con el beneficio de haber estudiado, hablarle de Freud, Lacan, del psicoanálisis, que sé que emplea como las condiciones lo requieren.
Me quedé en el prólogo que me refirió de la consulta, porque con ella y su conducta no hay acceso, justamente por principios. Mas en mi propia versión, imaginé su desolación. La de ella por no responder con las soluciones necesarias y la de él o los demás que los desespera por llegar a algún lugar, mientras la vida pasa al lado de ellos, con, “negro de mierda”,” ¿ por qué no trabajan”? ¿a qué vienen? ¿por qué no se quedaron en su provincia, en su país?
Y entonces como suelo recordar a menudo, pensé en mis abuelos catalanes ricos, que vinieron porque no acordaban con la política española y en los otros, italianos, que igual que ellos desembarcaron en tiempos de guerra, sabían de comer cucarachas o nada.
¡Cómo cambió la mirada hacia los inmigrantes de otras épocas con respecto de los de ahora! ¡Cuánta exigencia! ¡Cuánta indiferencia! ¡Qué discrimación incomprensible!
Tomé las palabras del escritor y sociólogo Mario Margulis “…si yo me permito ver al otro ( y el medio social lo hace posible), si cultivo una manera de relacionarme con el mundo que me permite ver al otro y reconocer al otro en su variedad, en su diversidad, en su diferencia conmigo, con mi medio, con mis costumbres, con mis pensamientos y estoy abierto a reconocerlo ( no lo menosprecio, no lo simplifico, no lo reduzco ) y lo acepto como diferente pero con iguales derechos; no lo reconozco benévolamente, condescendientemmente sino que lo reconozco como un semejante con igual dignidad que la mía, y aspiro a una sociedad donde esas diferencias se puedan desarrollar y legitimar, en ese caso contribuyo a generar las posibilidades para un propio desarrollo”.
Retorné al joven y no me animé a preguntar por él, ya que la consulta es confidencial e imaginé los ojos profundos, lustrosos, el hablar, los modales delicados y reverentes venidos del Inca y tuve vergüenza.
jueves, 30 de abril de 2009

Conocía la humildad y la pobreza... la pobreza en realidad no sabía cómo era.
Las mañanas con sus soles, los pájaros con sus cantos, las voces armoniosas y dulces, la escuela con sus reglas, los juegos en la puerta con otros chicos, la plaza, la calesita, el mandado cotidiano al almacén por pan, yerba y azúcar. También tenía zapatos y pollera con tablitas y el chocolate por las noches y las caricias de la mami y los abrazos del papi, en las tardecitas, allí cerquita de Merlo, pegados a las sierras y el lago, debajo de un árbol, el que escuchaba todo lo que se decía y suerte que no hablaba.
Sabía de la presenciá mágica infaltable de los 6 de enero, los cumpleaños en primavera.
No conocía la pobreza. ¿Qué faltaba a su vida?
También habían la ineludible iglesia, la inevitable municipalidad y el tan necesario correo, todo frente a la plaza, grande, rodeada de casas bajas, chatas, con alambrado al frente y muchas plantas ¿qué le faltaba?
No conocía el amor. Y llegó. Cuando menos lo esperaba, en el baile dominguero al que por primera vez iría – eso no es para las chicas buenas, le dijeron. Y la chica buena quería ser un poco mala. Por ejemplo, ponerse un vaquero, un collar y más que nada, aros. ¡Aros! Aros de esos con argollas. Y pidió el permiso y fue. Al baile con vaquero, prestado por la mala prima Eugenia que trajo en el paquete collar y aros.
Y la noche se le hizo fiesta aunque no bailó. ¡Quien iba a sacarla a bailar, aunque las tabas se le movían solitas, si se escondió detrás de una columna para que no la vieran!
La mala prima Eugenia, entre gallos y media noche consiguió otro permiso.
Era bastante morocho y en la muñeca izquierda tenía la marca blanca de un reloj pulsera. No parecía del pueblo. No era del pueblo. Era un “tostado por el sol”. Seguro que era un porteño.
Y ése la sacó a bailar en cuanto asomó su cabeza detrás de la columna. De entrada se enredó en sus pies y él la tuvo que sostener para que no se cayera, muerto de risa.
Y él la llevó a su casa escapando de la mala prima Eugenia
Y él le dio su primer beso.
lunes, 20 de abril de 2009

EVELYN
Impecable su sonrisa clara de dientes parejos alineados como en la escuela. Dientes blanco cual la leche blanca. Dos trenzas cobre hasta el hombro terminadas con banditas elásticas, de un pelo cortado al medio, le dan a su cara la ternura e inocencia.propia de la edad. ¿Cuántos años tendrá ya? 9. Nueve creo. Desde hace casi tantos que toca el timbre de mi casa, por curitas, ballerina, virulana.
Hoy la recibo con mi sonrisa y ella me da su cara temerosa de siempre.
No tengo dinero. Pero entro rápido a buscar un vestido que hice para mi nieta y que a ella le queda grande. Es una copia fiel de “uno de“marca”. No sé cómo me salió tan igual.
La hago pasar. En la bolsa de papel con un moño de regalo, agrego dos prendas más, una pollerita a cuadros y un stapler blanco, muy moderno.
Le muestro como al descuido mientras le pregunto si tendrá algún cumpleañps el próximo sábado. No desprende su mirada del vestido. No articula palabra, hasta un sí, cumple mi hermano.
Vuelvo a dejarla en el vestíbulo y traigo un pantalón olvidado por mi nieto.
Nos despedimos con un beso
Ayer pasó una nena que dijo ser hermanita de Evelyn, mi asidua vsitante desde bebé. Me cuenta que está internada en un hospital del cono urbano.. No sabe indicarme cuál. Le indago a la madre que la acompaña.
Hoy llego al hospital fuera de la hora de la visita. No está Evelyn. No está para nunca más.
¿Cómo haré para olvidar sus dientes blancos como la leche y sus trenzas terminadas en una bandita elástica?.
sábado, 18 de abril de 2009

En un soplo de aire fresco
Es innegable este pasar y pasar y querer pertenecer al mundo, al éter, a las gentes, al común. Como es imposible integrarse a los sueños. Los sueños. Devaneos de esta loca ambición de ser, en el estasis en que todo se detiene, nada se mueve. ¿Ha desaparecido o quizás muerto la vida?
Un mínimo destello con forma de mariposa, transaparente, en vuelo impecable se posa en un color que oh! maravilla, es una flor ¿Es una flor? ¿había alguna vez en sus desatinos permitirse descubrir una flor? Y revela que las flores existen y los pájaros emiten incomparables cantos y un pino muy alto busca una nube perdida.
Levanta los ojos cegados por la luz atrevida que pese a su osadía entibia su cuerpo y en medio del silencio en que acostumbra refugiarse, voces púberes se acercan en canturreo como sonsonete, el rugido de un motor atruena, una moto en su desenfreno cruza la calzada y un hombre barbudo, mal trajeado empuja un carromato en ambición de ser carro y la esbelta, atildada, enjoyada, aséptica damisela, despierta a la vida.
miércoles, 8 de abril de 2009
domingo, 22 de marzo de 2009
ELECCIÓN EN ROJO YAZUL

Los colores múltiples se explayan entre el negro y rojo, celeste y blanco, negro y un común denominador : blanco.
En la punta, de pie, manos en rodillas, a la expectativa, aguarda. Tigre al acecho, aguarda. Una indicación. Le llega. Obedece. Corre.
Va y viene. Intenta.
Después queda en la punta otra vez.
Terminó. Llega la hora de volver. No emite palabra. Transpirada la camiseta, el andar lento, medio rengo. .
-¿ Bien?
Un dudoso …y sí, bien.
Por segunda vez fue uno de los 22. ¿ Podrá?.
Posiblemete llegue a integrar el equipo de rugby infantil rojo y negro al que eligió incorporarse
miércoles, 18 de febrero de 2009
VIVIENDO
